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La forma de trasladar el mensaje

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Llevo tiempo recorriendo algunas iglesias de Madrid cercanas a los diferentes lugares de residencia en los que me voy alojando en estos años de estudio y de trabajo en la Capital. Sin embargo, a pesar del gran número de templos y de los numerosos fieles que las abarrotan cada domingo, no terminaba de encontrar ninguno con esa transmisión especial, ese plus que necesitan aquellos que no las pisan a menudo.

Para un cristiano convencido, el simple hecho de acudir a un templo y ver una pequeña vela encendida junto a un Sagrario es suficiente para llenar su corazón de alegría, para hacer que se detonen explosiones en el interior y se note la presencia del Señor un poco más cerca respecto a la omnipresencia de la totalidad. Sin embargo, a las personas cuya fe se tambalea o está basada en cimientos frágiles, no es suficiente con acudir a la iglesia cada domingo y encontrarse a un cura que repite una homilía mil veces escuchada por todos, que no transmite un mensaje adecuado a la realidad presente y futura que conecte con el día a día de las personas que se desarrollan en este mundo. Así mismo, no es de mucha ayuda que a las personas que leen, por mucha ilusión que les haga, no se les entienda la voz, en muchas ocasiones aun más distorsionada en los micrófonos y los altavoces anticuados de algunos templos. Hay mil formas de canalizar ese voluntarismo y ese entusiasmo por colaborar pero no es el tema a desarrollar ahora.

Por todo ello, quiero transmitirles algo que me ocurrió ayer para descifrar algunas claves, que creo conveniente tener en cuenta, para fomentar que las personas que vayan al templo se vayan renovadas del mismo, deseosas de regresar cuanto antes a este lugar tan importante en nuestras vidas. No nos sirve de nada que se llenen los bancos si las personas que los ocupan no se van colmadas del Espíritu Santo.

Pues bien, ayer domingo, las labores del hogar me impidieron acudir a la iglesia habitual por la mañana, pero tenía pensado acudir a ese mismo templo en su misa de tarde, concretamente a las 19:30. Sin embargo, me distraje, se me pasó la hora y no quería llegar tan justo de tiempo por lo que mi última opción era una iglesia a la que había dejado de ir desde que un cura extranjero despachó la misa sin homilía, supongo que fue por no dominar mucho el idioma (si bien es cierto que era un día de diario).

La misa de ocho, se desarrolló como os contaba al principio, sin cantos, sin entenderse las lecturas y con la típica homilía en la que se describía llanamente la vida de San Juan Bautista. La iglesia tenía 3/4 de aforo y se evacuó relativamente rápido al finalizar la misma. Todos los asistentes se despedían una semana más para enfrentarse al día a día con pocas aportaciones que les dieran la fuerza para afrontar los siete días con solvencia. Yo me quedé sentado en el banco, rezando algunas oraciones y hablando un poquito con el Señor, contándole mis cosas.

Cuando la iglesia se quedó más o menos vacía, en esos instantes en los que uno se puede reunir más íntimamente con el Señor, un joven seminarista salía junto a un simpático y pequeño monaguillo, cargados ambos con un cofre de madera, más alto que ancho, que desde luego llamaba la atención en un templo tan moderno como este. Tras ellos, comenzaban a aparecer por el altar muchos jóvenes, con instrumentos, preparándose sin duda para cantar la misa que comenzaría a las nueve.

Sin embargo, no me parecía aun motivo suficiente que justificara escuchar una segunda misa seguida. Pronto cambiaría de opinión al ver que que la iglesia se abarrotaba, como cuando hay una comunión o un entierro de una persona muy conocida. Se completaron todos los bancos del templo y todo el fondo quedó lleno de personas de pie. La mayoría de los asistentes eran jóvenes de entre 15 y 25 años, aunque había personas de todas las edades. Todo indicaba que algo grande iba a pasar en esa misa, por lo que ya tenía la excusa perfecta para quedarme, al menos, para poder recibir las lecturas que en la primera no había podido escuchar.

Con toda la expectación atesorada en mi interior, comenzó la misa con 11 niños alrededor del altar, acompañados por el seminarista y el cura. La estampa era muy similar a la de la Cena del Señor. El coro, compuesto por más de 20 componentes, empezó a dar alegría a los primeros instantes de la celebración. El sacerdote, de más de 60 años sin duda, comenzó la misa recordando la figura de San Juan Bautista, a quien definió como un telonero de Jesucristo.  Las lecturas, que salieron como un tesoro del cofre, fueron leídas claramente y entendidas por los fieles que las escuchaban atentos. El sacerdote fue el encargado de leer el evangelio, dejando la homilía para el seminarista, (quien podría ser Diácono -no estoy seguro-). Este simpático seminarista, Antonio, dedicó su homilía a la figura de María Santísima, bajo la advocación del Perpetuo Socorro, de la cual se celebra el Triduo durante estos días. No dudó en sacar dos carteles de Se Alquila y Se Vende, de esos naranjas que cuelgan de muchos balcones de los pisos de nuestras ciudades, para expresar que el amor de la Virgen, ni se alquila, ni se vende, sino que es el amor de una madre, que pase lo que pase se entrega al hijo. También hizo algunas referencias a los misioneros de la parroquia. Todo ello estaba contribuyendo a que todos los fieles allí presentes absorvieran todos los mensajes que iban llegando desde el altar.

Pero el colofón estaba aun por llegar. Los fieles tomaron el cuerpo de Cristo y concluyó la misa con las luces del templo apagadas, mientras el coro entonaba la Salve Rociera, lo que provocó un escalofrío que me recorrió todo el cuerpo.

Finalizó una celebración en la que el mensaje del evangelio se trasladó a la perfección a los fieles. El día del Señor fue una auténtica fiesta, que es lo que debe ser, pues es la conmemoración de la última cena con sus apóstoles, del sacrificio que realizó por nosotros y el momento de la semana en el que estamos más cerca del Jesucristo al recibirle en nuestro interior. Al salir del templo, parecía que allí había habido algún evento deportivo de trascendencia, pues había coches aparcados incluso en la mediana de las calles aledañas al templo.

Creo que desde la jerarquía de la iglesia se debería fomentar con más entusiasmo este formato de celebración, pues sin duda un mensaje que se traslada por las vías y las formas adecuadas cala más profundamente en el interior de las personas y, además, las reconforta y las fortalece más profundamente.

Es necesario que los mensajes que se trasladan desde el altar se pronuncien con convencimiento. En muchas ocasiones eso no ocurre, y algunos sacerdotes realizan la homilía como un trámite, dejando de ejercer su responsabilidad como acompañantes espirituales, dejando que sus ovejas se vayan perdiendo por el camino y achacando este hecho a una sociedad carente de moral, o a cualquier otra excusa. Sin embargo, otros muchos, saben de la importancia del mensaje que trasladan desde el púlpito, pues es la adaptación de la escritura (la cual a pesar de redactarse hace 2000 años tiene plena vigencia, demostrando su procedencia divina) a la realidad social del mundo, del país, de la parroquia. Creo sinceramente que este es el camino a seguir y por ello lo comparto con vosotros, para mostrar mi apoyo a esta forma de hacer las cosas. Afortunadamente, en la mayoría de los templos de Cáceres este camino se lleva recorriendo bastante tiempo cosechando los éxitos espirituales de los últimos años y yo, por fin, he encontrado en Madrid a una comunidad que sigue ese camino.

Todo ello es muy aplicable a la Semana Santa, pues hay que tener clara la importancia en la forma de trasladar nuestro mensaje. No quiero decir con ello que haya que cambiar en nada la forma tan singular que tiene cada hermandad en llevar el mensaje de la fe y del evangelio en sus cortejos, sino al contrario, pues en la esencia de cada cofradía, en la pureza de las características de cada una de ellas, se guarda el tesoro de Jesucristo, el cual compartimos en cada una de nuestras procesiones y en cada uno de nuestros actos. En cuidar la forma de trasladar ese mensaje está la clave del éxito para compartir el amor del Señor con todos los que presencian nuestros desfiles de una manera efectiva y directa.



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