Homilía del Papa a las Cofradías

Nuestro Hermano JJ. Castela nos ha remitido la Homilía que el Papa Francisco ofreció a las Cofradías en el Encuentro del pasado fin de semana:


Queridos hermanos y hermanas, habéis tenido valor para venir con esta lluvia…

El Señor os lo pague.

En el camino del Año de la Fe [4], me alegra celebrar esta Eucaristía dedicada de

manera especial a las Hermandades, una realidad tradicional en la Iglesia que ha
vivido en los últimos tiempos una renovación y un redescubrimiento. Os saludo

a todos con afecto, en especial a las Hermandades que han venido de diversas
partes del mundo. Gracias por vuestra presencia y vuestro testimonio.

1. Hemos escuchado en el Evangelio un pasaje de los sermones de despedida de
Jesús, que el evangelista Juan nos ha dejado en el contexto de la Última Cena.

Jesús confía a los Apóstoles sus últimas recomendaciones antes de dejarles,
como un testamento espiritual. El texto de hoy insiste en que la fe cristiana está
toda ella centrada en la relación con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Quien

ama al Señor Jesús, acoge en sí a Él y al Padre, y gracias al Espíritu Santo acoge
en su corazón y en su propia vida el Evangelio. Aquí se indica el centro del que
todo debe iniciar, y al que todo debe conducir: amar a Dios, ser discípulos de

Cristo viviendo el Evangelio. Dirigiéndose a vosotros, Benedicto XVI ha usado

esta palabra: «evangelicidad». Queridas Hermandades, la piedad popular, de la
que sois una manifestación importante, es un tesoro que tiene la Iglesia, y que

los obispos latinoamericanos han definido de manera significativa como una
espiritualidad, una mística, que es un «espacio de encuentro con Jesucristo».
Acudid siempre a Cristo, fuente inagotable, reforzad vuestra fe, cuidando la
formación espiritual, la oración personal y comunitaria, la liturgia. A lo largo de

los siglos, las Hermandades han sido fragua de santidad de muchos que han
vivido con sencillez una relación intensa con el Señor. Caminad con decisión

hacia la santidad; no os conforméis con una vida cristiana mediocre, sino que
vuestra pertenencia sea un estímulo, ante todo para vosotros, para amar más a

Jesucristo.

2. También el pasaje de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado nos
habla de lo que es esencial. En la Iglesia naciente fue necesario inmediatamente

discernir lo que era esencial para ser cristianos, para seguir a Cristo, y lo que no
lo era. Los Apóstoles y los ancianos tuvieron una reunión importante en

Jerusalén, un primer «concilio» sobre este tema, a causa de los problemas que
habían surgido después de que el Evangelio hubiera sido predicado a los gentiles,
a los no judíos. Fue una ocasión providencial para comprender mejor qué es lo

esencial, es decir, creer en Jesucristo, muerto y resucitado por nuestros pecados,
y amarse unos a otros como Él nos ha amado. Pero notad cómo las dificultades
no se superaron fuera, sino dentro de la Iglesia. Y aquí entra un segundo

elemento que quisiera recordaros, como hizo Benedicto XVI: la «eclesialidad». La
piedad popular es una senda que lleva a lo esencial si se vive en la Iglesia, en
comunión profunda con vuestros Pastores. Queridos hermanos y hermanas, la

Iglesia os quiere. Sed una presencia activa en la comunidad, como células vivas,
piedras vivas. Los obispos latinoamericanos han dicho que la piedad popular, de
la que sois una expresión es «una manera legítima de vivir la fe, un modo de
sentirse parte de la Iglesia» (Documento de Aparecida, 264). ¡Esto es hermoso!

Una manera legítima de vivir la fe, un modo de sentirse parte de la Iglesia. Amad
a la Iglesia. Dejaos guiar por ella. En las parroquias, en las diócesis, sed un
verdadero pulmón de fe y de vida cristiana, aire fresco. Veo en esta plaza una
gran variedad antes de paraguas y ahora de colores y de signos. Así es la Iglesia:
una gran riqueza y variedad de expresiones en las que todo se reconduce a la

unidad, la variedad reconducida a la unidad y la unidad es encuentro con Cristo.

3. Quisiera añadir una tercera palabra que os debe caracterizar: «misionariedad».
Tenéis una misión específica e importante, que es mantener viva la relación

entre la fe y las culturas de los pueblos a los que pertenecéis, y lo hacéis a través

de la piedad popular. Cuando, por ejemplo, lleváis en procesión el crucifijo con
tanta veneración y tanto amor al Señor, no hacéis únicamente un gesto externo;

indicáis la centralidad del Misterio Pascual del Señor, de su Pasión, Muerte y
Resurrección, que nos ha redimido; e indicáis, primero a vosotros mismos y
también a la comunidad, que es necesario seguir a Cristo en el camino concreto
de la vida para que nos transforme. Del mismo modo, cuando manifestáis la

profunda devoción a la Virgen María, señaláis al más alto logro de la existencia
cristiana, a Aquella que por su fe y su obediencia a la voluntad de Dios, así como

por la meditación de las palabras y las obras de Jesús, es la perfecta discípula del

Señor (cf. Lumen gentium [5], 53). Esta fe, que nace de la escucha de la Palabra de
Dios, vosotros la manifestáis en formas que incluyen los sentidos, los afectos, los

símbolos de las diferentes culturas... Y, haciéndolo así, ayudáis a transmitirla a la
gente, y especialmente a los sencillos, a los que Jesús llama en el Evangelio «los

pequeños». En efecto, «el caminar juntos hacia los santuarios y el participar en

otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o
invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador» (Documento de
Aparecida, 264). Cuando vais a los santuarios, cuando lleváis a la familia, a

vuestros hijos, hacéis una verdadera obra evangelizadora. Es necesario seguir por
este camino. Sed también vosotros auténticos evangelizadores. Que vuestras
iniciativas sean «puentes», senderos para llevar a Cristo, para caminar con Él. Y,

con este espíritu, estad siempre atentos a la caridad. Cada cristiano y cada
comunidad es misionera en la medida en que lleva y vive el Evangelio, y da

testimonio del amor de Dios por todos, especialmente por quien se encuentra en
dificultad. Sed misioneros del amor y de la ternura de Dios. Sed misioneros de la
misericordia de Dios, que siempre nos perdona, nos espera siempre y nos ama

tanto.

Autenticidad evangélica, eclesialidad, ardor misionero. Tres palabras, no las
olvidéis: Autenticidad evangélica, eclesialidad, ardor misionero.Pidamos al
Señor que oriente siempre nuestra mente y nuestro corazón hacia Él, como
piedras vivas de la Iglesia, para que todas nuestras actividades, toda nuestra vida
cristiana, sea un testimonio luminoso de su misericordia y de su amor. Así

caminaremos hacia la meta de nuestra peregrinación terrena, hacia ese santuario
tan hermoso, hacia la Jerusalén del cielo. Allí ya no hay ningún templo: Dios
mismo y el Cordero son su templo; y la luz del sol y la luna ceden su puesto a la
gloria del Altísimo. Que así sea.

© Copyright 2013 - Libreria Editrice Vaticana

1. http://www.vatican.va/news_services/liturgy/libretti/2013/20130505-libretto-giornata-

confraternite.pdf

2. http://player.rv.va/vaticanplayer.asp?language=it&tic=VA_3Z275OM5

3. http://www.photogallery.va/content/photogallery/es/confraternite5maggio2013.html

4. http://www.vatican.va/special/annus_fidei/index_sp.htm

5. http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents

/vat-ii_const_19641121_lumen-gentium_sp.html
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