Lunes Santo: Cofradía de la Salud

Cae la noche en Cáceres. Temblores y lágrimas florecen ante la sentencia. Un escalofrío recorre la ciudad ante un veredicto conocido a la vez que indeseado. Una mueca de incredulidad tiñe la ciudad de morado pues está escrito y consumado, el Señor está sentenciado a la Cruz como tantos hoy día cuando reciben la mala noticia de la enfermedad irreversible. El nudo retuerce la garganta y la piel se enfría mientras que la lágrima se desliza por las mejillas sin ser alivio, sino más bien agua que genera un surco que se convierte en herida. Pero existe el Lunes Santo, existe el consuelo que respira cada día del año en Santo Domingo y que germina en los corazones de miles en una noche solo alumbrada por la luna y los luceros que le acompañan desconsolados, lagrimosos y de color canela.

Cuando son las ocho y cuarto de la tarde y ante la atenta mirada de Santa María de los Ángeles, aparece bajo la puerta el Rey de reyes que entre telas rojas de soberano, camina sobre 45 almas. Silencio, estruendo de agrupación y de palmas sedientas de fe, deseosas de su mirada que fulmina los temores y que trae la calma, pues ni una sentencia de muerte altera el semblante del Señor de la Salud. Es su estampa el único consuelo y la última esperanza de tantos seres humanos que le siguen con su cruz de la enfermedad y, un día al año, un solo día al año, sale a repartir la ilusión ante los que perecen día a día antes de reunirse en la gloria que les aguarda junto a Él. Son sus elegidos, sus predilectos, los que sufren su mismo sufrimiento los que son testigos de sus hechos, los apóstoles de hoy día que nos enseñan que no existe la desolación a su lado.

Y así, entre un mar de fervor de fieles, poco a poco, entre sones de trompetas y tambores, la Salud y la Esperanza conquistan Cáceres. Con poderío, sus costaleros o mejor dicho, sus corazones, que solo laten al ritmo al que se mece un costero, sumergen al público en un sueño donde solo está Él, el refugio de los desamparados, el que viste de alegría la oscuridad.

El camino por el que discurre el Salvador lo alumbran decenas de almas franciscanas que tiñen de marrón y blanco las calles de la ciudad. La mujeres de Jerusalén, mantillas en el siglo XXI preceden la llegada del Cristo a San Juan ante la muchedumbre que se halla como en el patio de Pilatos. Una coreografía preparada, asentada en los cuerpos de los suyos se presenta para derramar la Fe como el bautismo en la Iglesia de los Ovejeros.

Vienen ya de vuelta, de recogida, pero no hay cansancio, solo hay minutos que se van agotando como la cera de una vela encendida. Está pronto el ocaso y son más de 300 días hasta que su luz vuelva a brillar más que el sol en las mañanas frías. Por eso, cada paso ahora se acorta, se recrean sus almas y se saborean lentamente los instantes hasta llegar a Santo Domingo, donde sus incondicionales, entre el mar de lágrimas de amor y de nostalgia, despedimos un año más al Señor de la Salud que, lentamente, mecido por los sones de la Expiración de Salamanca, se recoge en el Templo para aguardar durante un año la magia del Lunes Santo.

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