Comienza la Cuaresma 2015

Hacía tiempo que no tenía esta sensación tan extraña en el estómago y por qué no decirlo, en el alma. Hoy, nada más despertar, he sentido ese nerviosismo frío, esa sensación que se tiene cuando uno se aproxima a alguien que ama con todo su ser. El cuerpo parece por sí solo inteligente y parece hasta consciente de que se le presenta un tiempo nuevo, una vida nueva y ojo, se inquieta ante ello...

Ya somos mayorcitos, son más de 25 años pero todavía no hemos terminado de conocernos. Son más de 300 días sin verte y mi inquietud aumenta a medida que te acercas. No sé si son tus actos de cuaresma, el reencuentro con los hermanos más desperdigados, no sé si son alucinaciones mías o es que el aroma a incienso ya cruza la ciudad por sus adarves y plazas. Hasta el olor de los claveles y palmas se percibe ya en el ambiente, pese a que ni uno solo de los que vestirán tus pasos ha pisado aun la ciudad.

Comienza el tiempo de la ilusión, del tacto de la tela de las túnicas, de los terciopelos de las capelinas o de los cordones de la medalla y el cíngulo. Todo tiene ese acento de la nostalgia, de decenas de generaciones que han dejado su impronta en esas viejas almohadillas de los pasos, donde todavía se guardan trocitos de nuestra historia. Como también se guardan en el crujido de las viejas maderas de las andas o en los cantos de grajos y gorriatos que aun inician la revuelta por San Juan cuando los tambores despiertan sus piedras centenarias. Hasta la vistosa alpaca plateada o el latón de una corneta parece resistirse a la limpieza, pese a poder brillar más que nunca, para seguir atesorando la respiración de aquel hermano que la tocó el año pasado.

El trajín del día a día se detiene mientras se inicia una corriente imparable de actos, que se sucederán casi en un suspiro cuando apenas te dabas cuenta de que se estaban celebrando. Sin embargo, ya uno va teniendo experiencia y se va conociendo, sabiendo que debe saborear cada instante, cada fotografía almacenada en la retina de máxima resolución que tiene un cofrade, capaz de guardar en su memoria las sensaciones producidas en cada uno de sus sentidos, captando esos instantes únicos y sencillos que solo a uno mismo le emocionan.

Esta es una celebración de masas pero a la vez no hay otra más intimista, que se guarde bajo los leves jadeos acalorados que se suceden bajo un verduguillo, donde con solo uno compartes tus sueños y tu esperanza. Son cientos, miles de corazones los que se encogen estos días, agolpados en muchas ocasiones en multitudes de personas que poco tienen que ver entre unas y otras, pero que a su vez, tienen un punto en común, un eje que atraviesa sus vidas como un eterno varal y que se encuentra en esa sensación que se produce cuando se cruza una lágrima, un fuerte escalofrío inesperado e inexplicable, fruto únicamente de una mirada ante la sencillez cuando se eleva a la máxima.

Cuando se acabe este tiempo comenzarán las glorias pero, ¿no son la mayor gloria estos 40 días y en especial aquellos últimos en los que tanto los días nublados como los soleados se visten de luz y color con solo atisbar su presencia? ¿No es mas luminoso el rostro de nuestro Padre alumbrado por la titubeante llama de una vela que el resplandor del sol de verano o la luz de la luna eterna del Viernes Santo entre las azucenas de su paso?

Hermano, solo comparto contigo una meta, un objetivo para esta Cuaresma, que el deseo de que sea 40 días felices, cargados de celebraciones, no te haga perder el norte, nunca olvides que estos días son para ti y para mi únicos y que no pueden desvanecerse en el no parar de actos cofrades. Detente al menos un instante, no olvides almacenar en tu memoria un trocito (o mejor muchos) de esta Cuaresma, porque al final el recuerdo es lo único que nos queda, pues es el bálsamo con el que podremos aliviar la nostalgia durante el año y también el único tesoro que guardaremos cuando no podamos volver a encontrarnos con ella.


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