Sábado de Pasión: Hermandad del Dulce Nombre


Vivero de almas expectantes, sedientas de fe, aguardan el inicio de la Pasión del Señor. Como aquel Getsemaní de hace dos mil años, el silencio de un huerto es apagado fugazmente por una turba que se acerca para prenderle. Aparece como de la nada, con una túnica sencilla, humilde, el pastor que da la vida por sus ovejas y que no se esconde, se hace presente, con valentía y con izquierdos de sus costaleros. Un manto de claveles se hace alfombra de terciopelo brazos y se tiñe de rojo ante cada paso, signo de la pasión que se aproxima. Antes del sufrimiento, la ternura de un barrio se funde en un beso, un beso de amor antes de la traición de aquel que le siguió.

Lejos va quedando una Madre, con una mirada aun más dulce incluso que su nombre, María. No hay vuelta atrás, el Padre no ha apartado el cáliz y el Señor, más que nunca, asume el sacrificio. Pero no esta solo, decenas de corazones le llevan en volandas y hasta lo mecen y lo arrullan, con tal de aliviar el sufrimiento de la tensa espera, de esta primavera que se tiñe de tiniebla a medida que la luz, entre su eterno caminar, se aleja.

Y hasta por seis veces la oración cantada silencia por completo el murmullo del tumulto. Tacones, Tamara y la voz atronadora y bella de un joven se rompen como rosas floreciendo ante su paso, dejando una bella melodía cacereña en forma de saeta y ofrenda mientras lo atrapan, lo enredan, intentando evitar que entre la noche, un año más, se desvanezca.

Pero no hay remedio, le prenden, nos lo arrebatan, se lo llevan de los brazos y de las miradas entregadas, mientras un año más se recoge, se marcha y con Él nuestros sueños, anhelos y esperanzas.

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